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Esta semana, velas con olor a verano, un granero en Dinamarca que es el retiro perfecto, y la postal cabañil de Carol Peña.
Hola, saludos desde lo más profundo del bosque.
Julio y agosto son, paradójicamente, los meses donde más presión metemos en el tiempo libre y a la vida social: la lista de sitios que visitar, el propósito de “aprovechar” cada día de vacaciones y hacer planes todo el rato, acabando casi más cansado que nunca. Y justo he descubierto una palabra en japonés que me ha encantado y que no puede ser más cabaña y apropiada para estas semanas: Yutori (ゆとり). Es un concepto japonés que se traduce como espacio, margen o holgura —mental, temporal, emocional—. No habla de tener más tiempo o más dinero, sino de dejar espacios (entre actividades, en la agenda, en la cabeza). Su origen está ligado a la poesía, concretamente al haiku: es el espacio en blanco entre versos que permite al lector respirar y encontrarle sentido al poema antes de seguir. De ahí saltó al diseño, la arquitectura y la vida cotidiana japonesa.
Qué bonito sería aplicar ese yutori en nuestro verano.
Empezamos.
Elisabeth Eriksen creció en una granja en la costa noreste de Bornholm, Dinamarca que se llama Svartingehus y data de 1856. El granero fue el escenario de todos sus veranos de infancia y, durante años, también de una fantasía compartida con su marido, el también arquitecto Mads Bay Møller: convertirlo algún día en una casa para la familia. En 2022 este sueño se convirtió en realidad. Asumieron el proyecto entero ellos mismos y en solo seis meses lo transformaron en una vivienda de 125 metros cuadrados para ellos, sus dos hijos, un gato y tres patos.











Lo que más me gusta de esta casa es que han mantenido mucha de la esencia de la granja original, como el muro de ladrillo, y el interior se ha modernizado; en la planta baja, suelos de hormigón pulido, paleta muy neutra, paredes de arena y cal. Arriba, contrachapado en paredes y suelo de madera de pino. La fachada está pintada de rojo, muy típico de las casas rurales en la zona.
Y como colofón, se llevó en 2025 el premio Bevar Boligen Awards a la mejor rehabilitación. Puedes leer más en Remodelista y en Woman.dk.
En Comporta, a poco más de una hora de Lisboa, Sublime Comporta ocupa una finca de 68 hectáreas entre pinares, alcornocales y dunas que bajan casi hasta el arrozal. Las suites tienen aire de cabaña portuguesa —techos de paja, madera vista, colores de tierra— y todo el resort está pensado para que la playa, la piscina y el spa se sientan como una extensión del paisaje, no como una imposición sobre él. Más información y reservas aquí.
Cada semana, una persona escribirá una reflexión muy cabañil desde su rinconcito favorito, dejando que El Club de la cabaña salga al exterior. Esta semana me escribe una postal llena de caliu mi mejor amiga, Carol. Seguro que por redes la tienes fichada (@misshedwig), las fotos más bonitas de Instagram son suyas. Ella es verano, salitre y Mediterráneo. Así que quién mejor para contarnos estas semanas desde su refugio. Además, tiene una newsletter en Substack muy bonita a la que te debes suscribir YA.
¿puede una palabra ser cabaña?
te lo pregunto a ti, que eres la experta.
caliu no tiene traducción al castellano y, después de muchos años usándola en conversaciones madrileñas, he dado con una explicación que me gusta: es sentir que estás donde deberías estar. y es desde ahí desde donde te escribo. quizá así sea más fácil entenderlo.
despierto en una casa que huele a café y pan tostado; persigo el olor que me lleva a una terraza. se ve el mar. estoy en Moraira. en la mesa: quesos, libros, tomàquets, un cuchillo con mango de una madera que me supera en edad, y dos conversaciones trenzadas entre 4 personas que me preguntan si he descansado. anoche decidí volver sola dando un paseo por la playa. cada taza contiene una versión distinta. hay cierta intimidad en saber cómo le gusta el café a alguien, pienso.




bostezo. tengo el bañador puesto, las gafas y el tubo en una mano y el último trozo de tostada en la otra. Héctor me dice que debería haber cogido las cangrejeras. no hay muchos peces. veo un destello entre las rocas. una oreja de mar, qué suerte.
pregunto a las chicas qué les apetece comer. proponen hacer una pequeña ruta. no da tiempo a que alguien detecte que no íbamos en absoluto preparadas. en 20 minutos llegamos a un mirador en Canillo donde reponemos fuerzas. agradezco la tregua climatológica que me da Andorra. al llegar a casa, empieza un baile preciso donde cada una sabe cuál es su tarea sin necesidad de hablarlo. Xell me trae a la cocina un vaso de gazpacho.


durante la siesta nos escapamos a la piscina. trazamos planes. Dani me presenta a un montón de gente que parece majísima. de haber sabido que el casino de Argentona era prácticamente un club social, no habría venido en pijama. aviso a Cecil para que lo tenga en cuenta cuando venga. Lea me enseña en la piscina grande que, con sus gafas de delfines, puede nadar bajo el agua.
busco aros de colores en el fondo con Aran hasta que Odei aparece con un par de instrumentos y, tras un consenso, deciden ofrecerme el puesto de cantante. Rita me enseña una canción que no consigo recordar y decido centrarme en los Beatles. llevan el ritmo mejor que yo. intuyo que no tengo futuro en la música.
de camino a la platja d’en Pere Fet paramos a por un helado. sésamo negro para mí, chocolate para ella. llegamos. ver es Cucucruruc me hace siempre la misma ilusión. no hay nadie. salto desnuda desde la plataforma de madera. le llevo una piedra de los deseos a mi hermana. vuelvo al agua y la miro desde allí. todo está bien.
Alba dice que tenemos que ver atardecer desde Mas Geli. tenía razón, es precioso. me pican todos y cada uno de los mosquitos de ese viñedo y, posiblemente, de todo l’Empordà. Jordi observa asustado cómo su hija ha decidido aprender a usar mi cámara. merece la pena, le digo. hablo con Berta sobre los erizos de mar que hemos encontrado en Cala de Cap Roig esta mañana.
son las fiestas de Montgat y le pregunto a Irina si mañana iremos a comer bravas al bar de la plaza. me habla de un vino nuevo. lo abre y subimos a la terraza. brindamos sentadas en el tejado. hay luna llena. queda alguien bañándose.
se ha mojado un poco el papel, perdón. te escribo esta carta con la piel salada.
suena esto de fondo y pienso que te gustarían algunas canciones.
el caliu és tot això, Eva. y vuelvo a ello cuando necesito alejarme de lo demás.
te abrazo fuerte desde aquí. ven a verme.
Hay tres velas que para mí son verano:
Cucumber de Loewe. El pepino es una de mis cosas favoritas del verano, con un poco de sal y a cualquier hora del día. Esta vela huele a eso. Está elaborada con cera natural y un recipiente de terracota fabricado a mano. Y ojo, dura 50 horas, noches de verano con olor fresquito.
Esta es un clásico, y nunca falta en casa. Figuier es uno de los best sellers de la casa de perfumes parisina Dyptique. Uno de los olores del verano es el de la higuera. Con un toque a madera y dulce, como un higo maduro. Favoritísima.
Y mi último descubrimiento. He recomendado alguna vez la Treehouse, que huele, por supuesto, a cabaña en el bosque. Pero la Summer Rain es como esa tormenta de verano que refresca el ambiente y tiene un puntito aromático a hierbabuena y petricor.
Elige tu favorita.




















Hola, estoy suscrita desde hace un tiempo y me ha encantado la edición de hoy. Qué necesario es ese espacio, tanto físico como mental. En música clásica, el silencio tiene también su propio símbolo y forma parte de la partitura del mismo modo que el descanso del entrenamiento. Siempre he pensado que para darle prioridad a algo hay que representarlo; darle, precisamente, ese espacio. Creo que la cabaña elegida en el texto, el libro o las velas suman a esta idea. ¡Muchísimas gracias por esta newsletter tan guay!