#236
Empezamos la temporada de verano y recibimos la postal de nuestra primera invitada estival, Paloma Herce, desde su refugio menorquín.
Hola, saludos desde lo más profundo del bosque.
Ya es verano y eso significa que el club se viste de arena y salitre hasta finales de julio. Cada jueves, invitaré a una persona que admiro a que me escriba una postal especial desde su cabaña, su lugar de vacaciones, su refugio particular.
Espero que disfrutéis de esta versión más fresca de la cartita semanal.
Empezamos.
En mayo de 1984 alguien escribe una carta desde Bad Karlshafen, un pueblo balneario a orillas del río Weser, en el estado alemán de Hesse. La firma un gato llamado Karlhen, aunque se hace llamar Sir Karl, y va dirigida a otro gato, Snuff, que vive en Londres. Karlhen le encarga, a través de su mayordomo —así se define Axel Bruchhäuser, el dueño de la casa—, la construcción de dos miradores. Snuff resulta ser el gato de Alison y Peter Smithson, una pareja de arquitectos británicos iconos del Nuevo Brutalismo, y esa carta felina marca el inicio de diecisiete años de obra en una fachwerkhaus a la que los vecinos llamaban Hexenhaus, la casa de las brujas.


Axel dirigía TECTA, fábrica alemana que reeditaba muebles de Gropius, Breuer y Mies van der Rohe, y fue en el IBA de Berlín donde conoció a los Smithson. Cuando quiso derribar su casa de cuento y levantar una vivienda de cristal inspirada en van der Rohe, el ayuntamiento se lo negó por ser algo excesiva. De ese fracaso nació, sin buscarlo, el proyecto real y así conservar la hexenhaus ampliándola por partes, con los Smithson añadiendo porches, pasarelas y pabellones a lo largo de los años y según las necesidades de vida de Axel. Ellos mismos bautizaron este método como conglomerate ordering: no diseñar un objeto terminado, sino dejar siempre la puerta abierta a la siguiente pieza.
Entre 1985 y 2003 sumaron veintidós intervenciones. La última se cerró el mismo año en que murió Peter Smithson. Existe un libro entero dedicado a esta casa Hexenhaus: a house for a man and a cat, ya descatalogado y que si alguien me lo quiere regalar, pues me hará tremendamente feliz, porque es una verdadera joyita. Y es que claro, esta historia es una belleza, la cabaña es otra belleza, y la arquitectura es una belleza, porque está pensada para acompañar, durante una vida, a un hombre y su gato.
Puedes leer más sobre esta cabaña tan chula aquí, aquí y aquí.
En Alemania hay una empresa que ha convertido la premisa más sencilla (salir de la ciudad un fin de semana para desconectar del ajetreo) en un catálogo entero de cabañas repartidas por el país y por Austria. Se llama Raus, que en alemán quiere decir algo así como “fuera”. Sus refugios son sostenibles, muy bien diseñados y acogedoras, con lo justo para aislarte en la naturaleza y a tan solo un par de horas de cada. Si os pilla por la zona, aquí podéis reservar la vuestra.
Cada semana, una persona escribirá una reflexión muy cabañil desde su rinconcito favorito, dejando que El Club de la cabaña salga al exterior. Hoy estrena la temporada Paloma Herce, periodista especializada en moda (sabe muy bien cómo visten las que mejor visten y es la reina de la elegancia) y editora del mejor guateque de Substack.
Querida Eva,
Te escribo esta postal desde la que me gustaría que fuera mi cabaña en Menorca. Tengo la suerte de tener mi pequeño refugio en la isla, en el centro de la capital, pero a veces sueño con tener alguna casita colgada cerca del mar para pegarme un baño y subir empapada a casa. Así que voy a mezclar realidad y ficción en esta postal que te mando realmente desde el puerto de Mahón e imagino a unos kilómetros hacia el sur. Viendo el Mediterráneo. Hemos comido en La Calita, con vistas al mar y el bañador mojado. Eso sí, yo me pongo camisa porque hay que ser elegante siempre en la mesa. No soporto quien se sienta a comer en bikini o sin camiseta. Hay que tener cierto decoro. He comido con el pelo recogido en un moño, la cara llena de sal y la nariz roja. Me veo en el reflejo de las Ray Ban y me veo guapa. Estupenda embajadora de la sprezzatura —es todo ficción, vamos a soñar un rato—. Me gusta cuando el salitre de los labios se mezcla con el vino blanco bien frío. Es uno de mis sabores del verano. Hemos comido unos calamares con algo de sobrasada, una turistada que hace poner los ojos en blanco a mi menorquín… Pero creo que el verano está para no tomarse las cosas demasiado en serio. Incluidos los platos de comida.
Antes de escribirte estaba tomando el sol en la tumbona e intentando bajar la pila de libros que me he traído desde Madrid. La hamaca en la que me tumbo es de plástico blanco, de las de toda la vida, pero le he añadido unos cojines de rayas amarillas porque para mí es uno de los colores de la temporada estival. Me he quedado con el sabor del vino en la boca, no soy de helado después, y es por eso que después de las primeras páginas de Mujeres elegantes, de Milena Busquets, me he quedado dormida. Las siestas de verano son auténtico refugio. Quedarse dormida con el mar de Menorca todavía más. La casita en la que estoy, mi cabaña, está en la zona de Binisafua, cerca de la playa, aunque yo me coloco en la roca cuando bajo y hago mi refugio, delimitándola con la toalla. No he bajado por la tarde porque me he quedado dormida y aquí estoy, aun más tostada, con el moño deshecho y describiéndote lo feliz que estoy. No sabes lo que es disfrutar del verano en una isla. Tienes aun más sensación de vacaciones. De estar en una cabaña en la montaña donde no te molesta nadie… Porque todos están en la península.
Mi plan de después es darme una ducha y embadurnarme de crema. Y darme cuenta de que no necesito maquillaje cuando me miro al espejo, quizá un poco de máscara de pestañas y algo de pintalabios, porque mi versión salvaje me encanta. La cara más oscura, el pelo más claro, los ojos más brillantes. Es como si viviera en una selva. Yo es que veo más guapos a los que vienen de Supervivientes. Estrenaré mi perfume nuevo, Jasmin 17, de Le Labo, —me recuerda a mis veranos en Punta Umbría— y creo que me pondré un vestido de lino y mis abarcas e iremos a tomar un vino a Es Suis, en el centro. Generalmente no hay que coger moto pero como mi cabaña está junto al mar, tengo que ponerme el casco. No me importa, así la Tramontana, que sopla suave, me da en la cara. Los vientos de Menorca se llevan lo malo. He dejado mi cabaña bonita, con algunas velas a punto de encender y varios vinos en la nevera, para que estén fríos, porque quizá nos encontramos a algunos amigos y vendrán a casa. Y quizá veremos amanecer, porque en nuestra pequeña terraza dan el Sol y la Luna. Es pequeña, en color blanco, con las contraventanas en el verde icónico de la tierra. Como todas las que hay alrededor, que siguen la arquitectura típica de la isla y fueron construidas por un alemán, allá en los años 70. Tiene los sofás blancos y los muebles de madera, y hay algún elemento marinero que nos recuerda que es una cabaña junto al mar. Está todo recogido, y la mesa llena de velas y también hay patatas fritas porque en verano, y en mi cabaña, los aperitivos son a cualquier hora del día. También a las tres de la mañana. El verano y tu casa son para poner tus propias normas. Les pondré el disco de Sunremo, que he descubierto estos días. No dejo de bailar In una 500 gialla.
Te dejo, porque se va a poner el sol —en Menorca se pone antes— y quiero disfrutarlo antes de meterme en la ducha. Ya lo sabes. Estás invitada a la isla cuando quieras.
Feliz verano, Eva. Espero que estés disfrutando tanto como yo.
Nos vemos pronto.





Esta sección está de estreno, durante julio os voy a colar por aquí algún objeto que me guste de verdad, y compartiros algunas cositas muy veraniegas y cabañiles. Y quiero empezar con lo más verano que existe: una toalla de playa. Y además, hecha por unos buenos amigos míos. Volver son toallas grandes, perfectas, bonitas, llenas de color, para las “vacaciones de cada día”, como ellos las llaman. Se fabrican en Portugal, se diseñan en Asturias y tienen un toque parisino; y claro, son de esas prendas que una vez que tienes, ya no sueltas nunca y las usas para todo. Hace un par de años que me hice con el modelo Llys y en invierno le doy una segunda vida usándola como manta para el sofá.


















Gracias por dejarme mandar la postal. Me ha hecho ilusión recibirla, de vuelta, en mi buzón particular. Yo también te admiro, querida Eva. ¡Vivan las cabañas!
Quizás lo tienes controlado pero hay un libro no descatalogado de la arquitecta Anna Bach con todas las postales que se mandaron Axel i los Smithson
https://www.buchhandlung-walther-koenig.de/koenig2/index.php?mode=details&showcase=1&art=1685041