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Me declaro fan de los mökki, las casas de campo finlandesas. Además, aprovecha para apuntarte al Club de correspondencia que aún no ha subido de precio 💌
Hola, saludos desde lo más profundo del bosque.
Aprovechad para apuntaros al Club de Correspondencia cabañil, que en tres días cambia el precio. Y yo no digo nada, pero es que el regalo del pirmer kit va a ser muy guay, la tote bag del verano!
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Empezamos.
Los finlandeses tienen una palabra para definir esa casa de campo o cabaña: mökki. Y precisamente hoy os traigo una. Es una casa de verano junto a un lago. Playa Architects, estudio de Helsinki, lleva años afinando ese género de vivienda vernácula, y la Summerhouse V es uno de sus ejemplos más limpios.
La cabaña se levanta en una pequeña isla rocosa del lago Suontee, en el sur de Finlandia. El cliente ya tenía allí una caseta de pesca de los años sesenta, construida por generaciones anteriores, y una sauna de los ochenta. Cuando se quedó pequeña, encargaron una nueva casa de verano y los arquitectos, Tuukka Vuori y Ulla Kuitunen, la situaron en el punto más plano y panorámico de la isla, donde las vistas se abren al lago y al sol del atardecer.




Son 71 metros cuadrados resueltos con una estructura de madera diseñada para poder transportarse y montarse en la isla con facilidad. Todo el armazón y los revestimientos interiores son de abeto, en su mayoría sin tratar. El gran tejado a dos aguas, con aleros largos, protege el volumen de los vientos del lago y abriga unas terrazas cubiertas que enmarcan las vistas.
Por dentro, la cocina y el salón comparten un único espacio bajo la estructura de la cubierta vista, y la madera de abeto, todavía clara, va a oscurecerse con los años hasta volverse del color del bosque que la rodea. Es la clase de cabaña que entiende que el lujo, en Finlandia, no es añadir metros cuadrados, sino dejar lo imprescindible para disfrutar del buen tiempo. Una pa-sa-da.
Nos vamos a Oslo, donde casi nadie se imagina alojarse a un par de metros del fiordo y a doce minutos en autobús del centro, pero eso es exactamente lo que ofrece esta cabaña frente al mar, una de las pocas que quedan construidas justo sobre el agua antes de que la ciudad prohibiera ese tipo de edificación. El interior, firmado por el arquitecto Andreas Tingulstad, exprime cada centímetro, y el comedor tiene una alcoba panorámica con 180 grados de fiordo, islas y skyline de la ciudad al fondo. Verano noruego en estado puro, con baños desde la propia casa y la ciudad a un paso.
Toda la info, aquí.
Dionisio González, artista gijonés afincado en Sevilla, lleva años imaginando arquitecturas posibles allí donde la historia tomó otro camino: favelas reimaginadas en Río, búnkeres antinucleares, ciudades que nunca fueron. Su último proyecto, La revuelta y la nieve, se puede ver hasta el 16 de agosto en el Pozu Santa Bárbara de Turón, en Mieres, el primer pozo minero declarado Bien de Interés Cultural en España.
La exposición baja al subsuelo asturiano en tres tiempos: pasado minero hilvanado con el pensamiento de Camus; futuro digital con las galerías abandonadas reconvertidas en centros de datos e invernaderos subterráneos; y, entre uno y otro, un ejercicio de arquitectura imaginada. Maquetas videoproyectadas, holografías y fotografías que muestran cómo habrían sido las cuencas si la vivienda obrera hubiera nacido de la lógica del oficio y no de los catálogos del desarrollismo: pizarra, hormigón pigmentado, acero. Galerías convertidas en calles, pozos en patios, salas de máquinas en equipamientos colectivos.


Es la otra cara del cabañismo. La misma idea de que una construcción debe nacer del lugar que la sostiene, llevada a un paisaje que casi nadie asocia con esa conversación.
Esta semana he descubierto en Zara Home esta maravilla: un kit de cultivo para plantar un abeto noruego en casa, y me ha hecho una ilusión absurda y por supuesto, me lo he comprado. La idea: tener tu propio mini bosque en casa. Y ojo, la cosa no queda ahí, también está el pino japonés y la jacaranda que tiene las flores lilas más bonitas del mundo.
El último refugio, de Isabel Parreño, es la crónica de una búsqueda: la de los rastros que cuatro escritoras —Virginia Woolf, Anna Ajmátova, Karen Blixen y Emilia Pardo Bazán— dejaron en las habitaciones donde vivieron y escribieron. Mesas desordenadas, libros apilados, ventanas abiertas al paisaje. La autora se pregunta hasta qué punto un espacio deja huella en lo que se escribe dentro de él, y construye con sus hallazgos un atlas íntimo de cuatro maneras de habitar y crear.
Publicado por Ediciones Menguantes.























Apuntada al club🤗🌿
Gracias, Eva <3