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La soledad de los árboles, un refugio resistente a los incendios en Australia que tiene un espíritu brutalista y una escapada a Brasil a una de las cabañas más bonitas de este año.
Hola, saludos desde lo más profundo del bosque.
Llevo unos días pensando en lo poco que estamos hechos para la soledad real. No la soledad elegida —esa que a veces venimos a buscar al club— sino la otra, la de quien crece sin nadie alrededor con quien dialogar. Esta semana lo cuento mejor en Curiosidades, donde he tirado del hilo de una idea preciosa: la de que los árboles, los grandes símbolos de la quietud, también necesitan compañía para vivir.
Empezamos.
Una familia de la Great Ocean Road, en la costa de Victoria (Australia), perdió su casa en un incendio. Cuando llegó el momento de reconstruir, encargaron al estudio MRTN Architects una casa pensada para durar.




La parcela no se lo iba a poner fácil. Está en pendiente, expuesta a los temporales costeros y dentro de una zona de altísimo riesgo de incendio, además de peligro de deslizamiento. La normativa, en consecuencia, era exigente. Y la respuesta de MRTN fue una casa organizada en dos alas, una para dormitorios y otra para zona de día, separadas por un vestíbulo amplio que cose la fachada delantera con la trasera. Esa división, además de funcionar para una familia multigeneracional, actúa como cortafuegos: protege en compartimentos frente a la dirección por la que el fuego suele llegar.
Los muros son de bloque de hormigón, tanto dentro como fuera. La elección no es solo estética; cumple con la calificación exigida para construir en zona de bushfire y, de paso, reduce el número de oficios que tienen que subir hasta una parcela costera de difícil acceso. Una solución constructiva que entiende el sitio en todas sus capas: el clima, el riesgo, la logística, el bolsillo.
Lo que más me gusta del proyecto es el gesto de fondo para adaptarlo a esta familia y darle una nueva vida a lo que habían perdido. No se trata de levantar una casa nueva sobre las cenizas, sino de aprender de lo que el paisaje destruyó.
Belén me escribió hace poco para hablarme de Fazenda Ressaca, en Ubatuba, en el litoral norte de São Paulo. La finca está dentro del entorno del Parque Estadual Serra do Mar, en plena Mata Atlántica, y allí ha levantado dos cabañas pequeñas, Suçuarana y Jaguatirica, pensadas con una lógica de bajo impacto y una idea muy clara: que la selva entre en la casa. La luz, el coro de los pájaros, la lluvia tropical, el vapor del hot tub al anochecer, el sonido del bosque mientras te quedas dormida.
Belén y su equipo cuidan los detalles cotidianos como si recibieran a un amigo cada noche: opciones de desayuno cada día, limpieza diaria, la cabaña siempre lista para que quien llegue sienta que está realmente de vacaciones.
Puedes reservar aquí.
Hay una idea que lleva años circulando entre divulgadores y ecólogos forestales y que yo encuentro fascinante: los árboles, aunque parezcan los seres más quietos del paisaje, no soportan bien la soledad. La hipótesis básica es que un árbol aislado, separado de sus iguales, crece peor, enferma más fácilmente y vive menos años que uno que forma parte de un bosque. Y la explicación está debajo de nuestros pies, en una red que no se ve.
A esa red la bautizó la ecóloga canadiense Suzanne Simard, profesora de la Universidad de British Columbia, como wood wide web. Junto a otros investigadores, demostró que los árboles están conectados a través de hongos micorrícicos —una simbiosis entre raíces y micelio— que tejen una malla subterránea por la que circulan agua, nitrógeno, carbono y, lo más sorprendente, señales químicas de aviso. Cuando un árbol es atacado por un insecto, puede mandar una alerta a sus vecinos para que activen sus propias defensas. Las grandes hayas y abetos viejos, lo que Simard llamó mother trees, funcionan como nodos centrales y nutren a los plantones jóvenes que crecen a su sombra. Peter Wohlleben popularizó esta idea en La vida secreta de los árboles y desde entonces es difícil mirar un bosque sin imaginarse esa conversación silenciosa por debajo del musgo.
La consecuencia práctica de esta teoría es bastante poética: un árbol plantado solo en una acera, sin hongos compatibles ni vecinos con los que dialogar, está literalmente incomunicado. Organizaciones de reforestación urbana como SUGi llevan tiempo defendiendo que las plantaciones en monocultivo o los árboles aislados de las ciudades muestran más enfermedades, crecimientos lentos y mayores costes de mantenimiento, justamente porque les falta esa comunidad subterránea. Conviene matizar, eso sí, que parte de la comunidad científica ha pedido prudencia: una revisión publicada en Nature Ecology and Evolution en 2023 reclamó más evidencia experimental antes de dar por probadas todas las afirmaciones más cinematográficas sobre la comunicación arbórea. La red existe; el debate es hasta dónde llega su sofisticación.
Aun así, la imagen del árbol solitario no es nueva. Caspar David Friedrich pintó Der einsame Baum en 1822, ese roble agrietado en mitad de un valle, y desde entonces el árbol aislado se ha convertido en uno de los símbolos más recurrentes del arte romántico. Lo curioso es que la ciencia, dos siglos después, esté empezando a darle la razón al pintor: hay algo profundamente antinatural en un árbol que crece sin otros árboles cerca.
Lo he leído primero en este post de Instagram que me hizo tirar del hilo, y wow.
Esta semana un coffee table book muy bonito, que encima por dentro es muy interesante, de esos que se leen con ganas.
British Cabins and Hideaways, de Holly Farrier, es la última incorporación a la serie Opinionated Guides de la editorial londinense Hoxton Mini Press: 240 páginas, tapa dura, fotografías de la propia Farrier y una selección personal de las mejores cabañas y refugios de Reino Unido. Hay casas en los árboles en los Cotswolds, refugios modernistas en la Isla de Harris, retiros con jacuzzi. Y ojo, soy muy fan de todo lo que tiene esta editorial porque cuidan hasta el extremo el detalle, desde papel, las cubiertas y los formatos; además todos sus libros son neutros en carbono.
Edita Hoxton Mini Press.



















