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Un refugio en la Cerdanya para desconectar, una mazanka ucraniana moderna y cuando la cabaña se convierte en el lugar de la memoria, el horror y el pasado más oscuro de la historia de la humanidad.
Hola, saludos desde lo más profundo del bosque.
Yo no sé vosotros, pero en Málaga lleva lloviendo casi continuamente desde Navidad y, aunque me encanta el invierno, la lluvia y el frío, creo que empiezo a necesitar de verdad ver el sol más de dos días seguidos. La falta de luz solar y el mal tiempo prolongado pueden tener efectos medibles sobre el estado de ánimo y el comportamiento. La literatura científica sobre el trastorno afectivo estacional (TAE) —una forma de depresión que surge con la reducción de horas de luz— ha documentado que menos luz natural se asocia con niveles más bajos de serotonina, alteraciones de los ritmos circadianos y síntomas como tristeza, falta de energía o irritabilidad. Esto no significa que todas las personas se depriman con el mal tiempo, pero sí que existe evidencia de que la luz solar influye en mecanismos biológicos fundamentales para el ánimo y los ciclos de sueño-vigilia.
Así que, hoy, una buena dosis de cabañas para hacer refugio y sentirnos más a gusto entre esta carrera de tormentas que nos invade en las últimas semanas.
Empezamos.
Tenía otra cabaña guardada para esta semana, pero a última hora he decidido cambiarla porque llevo varios días con un proyecto que sale continuamente en mi feed de Instagram, y claro, no he podido evitar compartirlo.
Esta guesthouse diseñada por YOD Group en el centro de Ucrania parte de una relectura contemporánea de la mazanka, la vivienda rural tradicional del país. El proyecto no replica la forma, sino que destila sus principios: protección, sencillez y una relación directa con el entorno. El resultado es una arquitectura rotunda, de tamaño perfecto —50 metros cuadrados— y ligera a la vez, marcada por un gran techo de paja sobredimensionado que flota visualmente sobre un volumen completamente acristalado.




El interior se organiza alrededor de un núcleo central de hormigón que concentra el baño y ordena los espacios: a un lado, el dormitorio; al otro, la zona de estar. Una chimenea minimalista sustituye a la estufa tradicional y se convierte en el centro simbólico de la casa. No hay televisión y todo el interiorismo recuerda a ese futurismo de los años setenta con un toque elegante. La experiencia se construye desde la contemplación del fuego, la luz cambiante y el paisaje, como un ejercicio consciente de retirada y desintoxicación.
La cúpula del techo, revestida con tejas de madera, alcanza los diez metros de altura y aporta una sensación de amplitud poco habitual en un refugio de estas características. Todos los sistemas técnicos quedan ocultos, reforzando la limpieza visual del espacio. El suelo continuo, de piedra, que se extiende del interior al exterior, y las fachadas de vidrio intensifican la sensación de inmersión en la naturaleza.
El interior sigue una lógica de eco-minimalismo: materiales naturales, tonos suaves y objetos de diseño local que aportan textura sin romper la calma. Esta cabaña funciona como un refugio contemporáneo donde la arquitectura no distrae, sino que se convierte en el aliado perfecto para crear un refugio fuera de la ciudad.
¿Una cabaña en la Cerdanya? Lo compro con los ojos cerrados. Basecamps es un proyecto muy personal que propone una forma distinta de alojarse en la naturaleza, con más respeto y sostenibilidad. Sus cabañitas combinan arquitectura, confort y una relación honesta con el entorno.
Puedes reservar aquí.
Este mes de enero por fin pude ver Blaubeeren, la última obra que ha dirigido Sergio Peris Mencheta, basada en la obra original Here There Are Blueberries de Moisés Kaufman y Amanda Gronich, que explora la vida cotidiana de los oficiales nazis en Auschwitz a través de un álbum de fotos inédito, revelando la banalidad del mal y cómo convivían casi a pie del peor campo de concentración de la historia de la humanidad, totalmente ajenos e ignorando a propósito el terror y el exterminio. En la obra hablan del hütte (cabaña o refugio en alemán) de verano que tenían los oficiales nazis para “desconectar” y “descansar” (entended que lo entrecomille, porque ya me diréis qué horror y absurdo todo).
La Solahütte fue un refugio de descanso construido por las SS a unos treinta kilómetros del complejo de Auschwitz-Birkenau, en un entorno de bosque y río que hoy podría leerse como idílico (pero nada más lejos de la realidad, vuelvo a repetir: terror). Funcionó durante la Segunda Guerra Mundial como casa de recreo para oficiales y personal administrativo del campo: un lugar pensado para el ocio, las caminatas y las comidas al aire libre, mientras a pocos kilómetros se desarrollaba uno de los mayores dispositivos de exterminio de la historia.
El complejo fue levantado y mantenido por prisioneros de Auschwitz, obligados a trabajar en su construcción, limpieza y cuidado. No era un campo de concentración en sentido estricto, pero sí formaba parte del sistema: un espacio periférico que existía gracias al trabajo forzado y bajo la misma lógica de dominio. La arquitectura —una cabaña alpina con terrazas, comedor y vistas al paisaje— reproducía la idea del refugio como recompensa, descanso y evasión.
Durante décadas, la Solahütte permaneció prácticamente invisible en el relato histórico. Su existencia cobró una dimensión inquietante cuando, en 2007, salieron a la luz las fotografías del llamado Álbum de Höcker, donde se ve a oficiales de las SS riendo, tocando música o tomando el sol en este lugar. Las imágenes muestran una normalidad cuidadosamente construida, un paréntesis de bienestar sostenido por la violencia que ocurría al mismo tiempo.
Hoy, la Solahütte ya no existe como edificio —fue demolida en 2011—, pero su historia sigue interpelando. Habla del refugio como concepto ambiguo: no siempre asociado al cuidado o la protección, sino también a la negación, la huida moral y la capacidad de separar el paisaje de lo que ocurre en él. Una cabaña que obliga a mirar el imaginario del refugio desde su lado más incómodo.
Me encanta The Modern House —los que me seguís hace años sabéis que me obsesionan sus casas. Y esta serie de jardines no puede encantarme más:
Esta semana os traigo una recomendación, que salió en 2003. El último refugio, de J. Patrick Lewis e ilustraciones de Roberto Innocenti, es una novela gráfica juvenil con una historia muy chula:
En una tarde como cualquier otra, la imaginación de un artista desaparece abruptamente para no volver. Su afán de recuperarla lo lleva a El Último Refugio, un remoto hotel al lado del mar visitado por huéspedes muy particulares. Mientras busca su perdida “mirada interior” en el misterioso y sereno lugar, pronto se da cuenta de que no es el único que persigue algo. El libro cuenta maravillosamente la historia de otros muchos personajes que habitan otras historias mundialmente famosas.
En algún momento del relato aparecerán Huckleberry Finn, John Silver, el marinero cojo de La isla del tesoro, la sirenita de Andersen, el inspector Maigret de George Simenon, Antoine de Saint-Exupéry en su rol de aviador, Cósimo, el protagonista de El barón rampante de Italo Calvino. ¡Hasta Moby Dick y don Quijote y Sancho Panza!
Está publicado por el Fondo de Cultura Económica.

























Me encantan todas tus recomendaciones, el libro me ha llamado muchísimo la atención, lo compraré seguro 🤗
Ah, interesantísimas cabañas para alejarse del mundanal ruido, ejecuciones nazis incluidas... Muy buen repaso este artículo. Hoy hace sol. Sube el ánimo 💜