El cuestionario cabañil: Paula González
Paula tiene ese espíritu atlántico que hace que su cabaña sea muy del norte, pero sobre todo, que huela estupendamente y haya nubes bajas alrededor. Y nos recomienda velas para este otoño cabañil.
A Paula le sigo la pista desde hace muchísimos años. The Singular Olivia es su alter ego, y hace que nuestras casas huelan ricamente desde hace mucho. Sus velas son archiconocidas (mi favorita es la Evergreen), pero no solo eso, tiene muchos productos de cosmética orgánica (fue de las primeras en hacer champús sólidos, que son lo más), bien pensados e ideados, hechos desde el corazón. Me hacía mucha ilusión que ella, que hace cabaña en mi hogar con sus aromas tan sorprendentes, contestara el cuestionario cabañil.
Además, al final de la newsletter, encontrarás hoy sus recomendaciones aromáticas para este otoño, y convertir tu casa en todo un refugio.
¿Tu cabaña perfecta estaría en la montaña o en el mar? ¿Por qué?
La suerte de haber nacido en la costa atlántica es que no tienes por qué elegir. Puedes tener ambas cosas: mar y montaña, niebla y salitre, bosque y espuma. Así que mi cabaña estaría ahí en algún punto indeterminado del norte de España donde el verde es más verde y la humedad tiene olor, donde las casas huelen a madera vieja, a bosque, a piedra mojada, donde la cocina es lactónica y el carácter de la gente es eso, del norte. Mi cabaña ideal eso si, estaría rodeada de nubes bajas, prados infinitos y ese gris que a veces se tiñe de azul si el día lo permite.
Explícame un poco cómo sería
Aunque visualmente me pierdo con los espacios minimalistas con esa calma ordenada que parece flotar en el aire, lo cierto es que yo ya he tirado la toalla: no soy esa persona. Lo he intentado, de verdad, pero soy maximalista de manual. Me gustan las casas llenas, ojo, no desbordadas, pero sí colmadas de detalles, de objetos que te hablan, que te hacen feliz sin pedir permiso. Libros, tazas, perfumes, cuadernos, flores, herencias, vajillas...
Ahora mismo, mientras escribo esto, en mi mesita de noche tengo… espera… uno, dos, tres… unos quince libros y están bien puestos, no son una torre en ruinas, están ahí porque los quiero cerca. Me hace feliz tener cosas y son una forma de comunicarme, de construir mi entorno. Arquitectónicamente, mi cabaña tendría que tener vistas porque me gusta estar dentro, pero mirando hacia afuera, observar, quedarme embobada, ver cómo cambia la luz, cómo se mueve el árbol, cómo pasa el tiempo...
Eso sí: sin vecinos. Ninguno. Si quiero que vengas, te invito. Pero salir al jardín y cruzarme con alguien… no, gracias. Soy una ermitaña funcional: social por fuera, salvaje por dentro. Tengo amigos, tengo planes, tengo cafés, fiestas, copas, cenas, cumpleaños. Demasiados, a veces. Pero necesito muchísimo tiempo a solas para poder estar bien con los demás. Así que mi cabaña tendría varias habitaciones, nada de espacios completamente abiertos, tal vez a cocina abierta al salón, pero hasta ahí y una distribución que respete los silencios.
En resumen, práctica, acogedora, donde cada cosa tenga su lugar, pero no sea un lugar vacío, porque el vacío no me representa me gusta lo vivido, lo lleno, lo que te cuenta algo.
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¿Cuál es ese momento en el que desconectas del día y qué es más cabaña para ti?
Los últimos años de mi vida no han sido precisamente desconectables. He tenido que aprender a pelearme con el tiempo, a robarle minutos al reloj y sacarle, a patadas, un poco de tregua. Por eso, mi momento más cabaña es algo natural pero que me construyo lleno de detalles para disfrutarlo a tope. Es un ritual breve, pero no negociable: La ducha. Cerrar la puerta del baño, aunque afuera el mundo siga rugiendo y dentro, el vapor, el agua, mis cremas. Ese gesto sencillo que parece insignificante pero que, en realidad, me devuelve a mí es el único momento del día en el que no tengo que pensar en nada más que en eso. Y a veces, si tengo suerte, si el día aflojó lo suficiente, salgo de la ducha y, sin quitarme la toalla, me tiro en la cama. Me desplomo como quien ha corrido una maratón emocional, me baja la tensión, me sube el alma. Me quedo en un estado de gracia entre el vaído y el paraíso que es la definición literal de estar en la gloria.
Y si la vida me sonríe un poco más, si ese día no hay correas tirando de mí hacia fuera, entonces viene otro tipo de momento: leer. Abrir un libro y leer hasta que amanece y caer dormida justo antes de la luz del día siguiente. Pero si hablamos de mi momento más profundo de desconexión, aunque suene contradictorio, también es crear y trabajar de noche, cuando por fin el día se asienta, cuando todo el mundo ha terminado su jornada y el ruido baja de volumen, ahí empiezo yo. En la noche puedo leer, investigar, descubrir, inventar perfumes, escribir nombres, imaginar cosas nuevas para mi trabajo conexión conmigo, será por eso que llevo 17 dedicándome a lo mismo.
¿Qué no podría faltar en tu cabaña?
Comida. Empecemos por ahí, porque si hablamos de placer, de refugio, de estar bien… no hay bienestar sin algo rico entre manos. En mi cabaña no faltarían los básicos de la felicidad: sopas que huelen a hogar, ensalada de tomate, huevos, bizcochos recién hechos, tés a cualquier hora, cafés con espuma, quesos, pan, chocolate, galletas, meriendas eternas. Alimentación de la que calienta el alma además del cuerpo. Tampoco faltarían libros, por supuesto. Lo intenté, ¿eh? En algún momento creí que podía contenerme. Pero soy de las que necesita rodearse de ellos y están por todas partes, en todas las habitaciones, en todas las mesitas. Me dan compañía, me dan ideas, me dan descanso. Y luego, claro, papel, cuadernos, bolígrafos, lápices, cosas para escribir, tachar, subrayar, soñar. Porque escribir y crear es parte de cómo vivo.
¿Y qué te voy a decir del olor? Sin olor no hay refugio, no hay placer, no hay identidad. En mi cabaña habría perfumes, velas, cremas, aceites esenciales, olores naturales pero también sofisticados, envolventes, limpios, dulces, bizarros, profundos, raros, personales. Necesito que los espacios huelan a algo, y yo también, y cambiarlo a mi antojo según me sienta o me quiera sentir. Y, aunque suene poco bucólico, también necesito… internet. Sí, soy hija de mi tiempo, y me gusta aprender, saber, me gusta compartir, y aunque estamos todo medio locos la verdad, también creo que es una genialidad.
Un libro para leer por las tardes en el porche
Lo lógico sería decir una novela porque la novela es lo que más me gusta leer, es mi género natural, el que más me ha marcado, el que más me ha acompañado. Pero claro… las novelas que más me gustan son, en general, de las que te estrujan, sentimentales, duras, tristes, de esas que te dejan temblando y con el pecho lleno de cosas que no sabes ni cómo ordenar y claro, no sé yo si es lo más recomendable para una tarde tranquila en el porche, con una copa de vino entre las manos y el sol bajando despacito por el horizonte. Por eso voy a hacer trampa. Y voy a decir que, si me tengo que quedar con un tipo de lectura que siempre me acompaña, que siempre me aporta, que siempre me atrapa, aunque me resista al principio porque tiene ese puntito académico que me hace pensar -uf, esto me va a costar... son las biografías.
Y si son de Cristina Morató, mejor. Cristina tiene ese don de hacer que la historia respire, que los datos se conviertan en emoción y que mujeres lejanas en el tiempo se te cuelen dentro y no se quieran ir. Sus libros son largos, profundos, fascinantes y leerla es como ver una película buenísima mientras te cuentan un secreto.
Y luego está la novela romántica y aquí hago un pequeño alto porque estoy rodeada de gente con prejuicios hacia la novela romántica, pero he perdido la cuenta de cuántas veces he prestado un libro de este tipo, he recomendado un título con entusiasmo, y al poco tiempo recibo un mensaje que dice: “Vale, tenías razón. Es buenísimo”. Creo firmemente que tiene un valor enorme, capaz de conectar, emocionar, entretener, enamorar: no es poca cosa.
Y en este género, para mí hay una jefa indiscutible: Elisabet Benavent. Sus libros son para volver a ellos como quien vuelve a casa, me reconcilian con lo bonito, con lo íntimo, con lo sentimental bien contado. Dicho esto, tengo que confesar que hay una debilidad que nunca se me pasa: todas las novelas que mezclen brujas, mujeres, un poco de realismo mágico, historia familiar, secretos, leyendas, me las leo sin pestañear.
¿Qué canción o qué grupo sonaría siempre?
Qué difícil. Porque soy muy de vínculos largos con la música, no soy de flechazos fugaces, soy de esas que se enamoran de una canción y no la sueltan pero las canciones nuevas me cuestan, las de hace 30 años me hacen llorar (básicamente), y las de hace más de 50 ya me empiezan a parecen como de casa.
Tal vez hay una artista a la que siempre recurro, como quien vuelve a un perfume: Florence & The Machine. Sí, ya sé que es un poco cliché, que puede sonar pedorra decirlo pero también es una artistaza. Y me gusta porque su música me acompaña sin exigir mi atención completa, me deja pensar, escribir, caminar o simplemente existir con ella de fondo y eso, para mí es un montón. Pero en realidad no soy súper fan exclusiva de nadie, así que lo mismo me pillas un día berreando una de Luz Casal que al día siguiente hago los coros a Tanxugueiras y pasado quiero aprenderme la última de Nathy Peluso, no pasa nada. Todo cabe. El panorama indie también ocupa mucho espacio en mi historia musical. Iván Ferreiro, por ejemplo, ya ha pasado el umbral de los 25 años en mi vida, eso ya no es una relación musical: es un vínculo vital.
Y entre las últimas compras están los vinilos de Taylor Swift, ahora que ha recuperado sus derechos (bravo por ella), y el ultimo de Vega, que me flipa como compositora, como artista y como mujer con agallas. En resumen: en mi cabaña sonaría un mix libre, emocional, sin etiquetas, hoy sonaría seguro Carmen Lancho o cualquiera que cante Leonor Watling, pero mañana ya veremos...
Un hotel con espíritu cabañil o una cabaña a la que harías una escapada sin dudarlo
De todos los alojamientos en los que he estado, no te voy a decir el más bonito, ni el más lujoso. Pero si tengo que pensar en un sitio donde me sentí recogida, reparada. Hace algunos veranos estábamos terminando un roadtrip por Portugal, ese verano estaba agotada, de esos veranos que estás tan en el pozo que ni con todo el verano vas a poder recuperar.
Después de una carretera de 200.000 curvas, llegamos a este lugar escondido: se llama Lugar nas Estrelas y no es un resort ni una cabaña de Pinterest. Es un pequeño alojamiento familiar con 4 o 5 módulos-habitaciones, una piscina, una hamaca, una anfitriona encantadora que nos esperó a deshoras y nos preparó unas hamburguesas veganas que nos supieron, literalmente, a cielo y una sidra de manzana que me reconectó con la vida. Dormí como no había dormido en semanas. Sin pretensiones, sin diseño escandinavo, solo calma y calor humano, donde te cuidan como en casa y la noche estrellada, impresionante, te recuerda que el mundo puede ser bonito.
Y si hablamos de otros lugares con espíritu cabañil, tengo que mencionar Paorra Baserria muy cerca de San Sebastián. Es un caserío tradicional reformado con muchísimo encanto, rodeado de animales, con un desayuno espectacular y un ambiente que lo tiene todo. Puedes recoger arándanos o comerte su mermelada casera que es mejor aún, ver al burro del vecino, saludar a las gallinas, planear subirte a una piragua… y todo con la sensación de que formas parte de ese lugar. Es ideal para compartir con amigos, tiene una paz infinita y unas vistas al monte con la niebla vasca que, para mí, es lo más. Ese momento de saber que el día va a levantar, rodeada de naturaleza y con un buen desayuno… eso es el lujo de verdad por el que trabajo todos los días.
Y por último, mis otros refugios están en León, en Navafría (Segovia), en Tapia de Casariego (Asturias) y en Isla (Cantabria) son algo así como mis puntos vitales pero no daré más detalles… porque allí voy precisamente para, exceptuando mi familia y amigos, no encontrarme con nadie.
Paula nos recomienda varias velas para este otoño (entre ellas, por supuesto, mi favorita, la necesitáis).
Te paso tres velas que me parecen perfectas para este momento otoñal, cada una con un matiz distinto pero todas con esa sensación de refugio, de aire fresco y de introspección que trae esta estación. Creo que juntas son como tres capítulos distintos del mismo libro otoñal: la frescura verde, la elegancia cálida y la melancolía luminosa:
Evergreen porque un otoño de verdad tiene algo de verde y de húmedo, ese olor a tierra mojada justo después de la lluvia, cuando la calma se instala y parece que se respira mejor.
Darjeeling Darling — porque es como un té caliente en mitad de la niebla, sofisticada y envolvente, con ese punto floral y elegante que combina a la perfección con tardes largas y luz dorada.
Hotel Saudade porque el otoño es también nostalgia, libertad, viento en la cara y océano abierto. Una vela que huele a inmensidad y a recuerdo, marina y poética a la vez.
















¡Gracias Eva por pensar en mi y regalarme esas palabras tan guays! Que ilusión que esto me haya acercado más a a ti, siento que nos veremos pronto!
¡Qué gusto este cuestionario! Lo he leído lento y degustandolo. 😍