El cuestionario cabañil: Carmen Pacheco
La cabaña imaginaria de Carmen tiene una puerta cerrada con llave que no se corresponde con ninguna habitación, llena de misterio, un poco de tensión y el acecho constante de lo sobrenatural.
Hola, saludos desde lo más profundo del bosque y Feliz Año Nuevo Cabañil.
Comenzamos enero con la primera entrevista de 2026 y me encanta que abra la nueva temporada Carmen Pacheco. Escritora, guionista, consultora creativa; creadora de Ola y Flecha (las dos mejores newsletters del mundo), una de las personas detrás de las mejores ficciones sonoras en español (Blum, Santuario, Místicas). Todo lo que pueda decir de ella es poco, porque es como Chandler Bing, hace muchas cosas importantes, pero difíciles de explicar, y eso me encanta.
Hace años que estoy suscrita a sus cartitas, son el acompañamiento perfecto para los desayunos del sábado. Y me hace especialmente ilusión que hoy conteste a las preguntas cabañiles porque su newsletter es una cabaña virtual para muchos de nosotros.
¿Tu cabaña perfecta estaría en la montaña o en el mar? ¿Por qué?
En la montaña, sin duda. El mar es un lugar para disolverse, entregarse, abrazar la nada. No concibo la idea de refugio junto al mar, por clásica que sea. También es verdad que me crie en una ciudad con mar y sé cómo se las gasta en invierno. Me cuesta idealizarlo y mi cabaña perfecta es por definición imaginaria. La montaña es un terreno que por pura ignorancia puedo encajar mejor en cualquier fantasía.
Explícame un poco cómo sería
Sería como una de esas bolas de cristal de nieve, solo que la nieve caería por fuera, claro. Lo más importante es que habría una chimenea porque una de mis cosas preferidas en la vida es encender el fuego. Pero por arte de magia, la leña estaría siempre ordenada y dispuesta al lado, inagotable. Yo solo tendría que ocuparme de recoger por el bosque ramitas y otros elementos. La decoración de la cabaña sería antigua y acogedora, y no la habría elegido yo, porque, ¿qué gracia tendría eso? Lo que más me atrae de este refugio ideal es imaginar que puedo curiosear, averiguar quién ha pasado por allí, registrar cajones, dejar que los objetos antiguos me cuenten historias. Me gustaría ser una intrusa, una Ricitos de Oro en mi propia cabaña.
¿Cuál es ese momento en el que desconectas del día y que es más ‘cabaña’ para ti?
La primera hora después de despertar, a la que llamo Mi hora sagrada. Es tan temprano que aún no hay notificaciones, ni prisa, ni gente pidiéndome cosas. Normalmente la utilizo para quedarme en la cama con Mi iPad sagrado y leer newsletters y artículos sobre temas científicos que me interesan. Empezar el día así, haciéndolo mío, me da la paz mental que necesito para afrontar el trabajo y la rutina. Luego ya me importa menos participar en el mundo y compartir mi tiempo con los demás.

¿Qué no podría faltar nunca en tu cabaña?
Una puerta cerrada con llave que no se corresponde con ninguna habitación que se pueda observar por fuera de la cabaña. En mi refugio imaginario tiene que haber misterio, un poco de tensión y el acecho constante de lo sobrenatural.
Un libro para leer por las tardes en el porche
El color que cayó del espacio de H. P. Lovecraft.
¿Qué canción o qué grupo sonaría siempre?
Générique de Miles Davis para las noches con la chimenea encendida, el Vespertine de Björk y el Blue Bell Knoll de Cocteau Twins para ver la nieve caer por la ventana y la banda sonora original de Donnie Darko para todo lo que tuviera que ver con la puerta misteriosa.
Un hotel con espíritu cabañil
En el Hotel Palacio de los Velada, en Ávila, mi novio y yo nos quedamos un fin de semana en una habitación abuhardillada que tenía una ventana en el techo. Después de salir del museo de Santa Teresa, nos encontramos con la plaza cubierta de blanco, como si estuviéramos en una realidad distinta. Había empezado a nevar y hacía tanto frío que se nos apagaron los móviles. Estábamos solo a diez minutos andando del hotel, pero por supuesto nos perdimos y dimos unas vueltas de más. Llegamos a la habitación congelados y nos metimos en la cama para entrar en calor. Nos quedamos dormidos viendo cómo la nieve caía en el cristal sobre nuestras cabezas. Es el momento más cabaña-refugio que recuerdo.







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¡Maravilla de invitada!