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Una cabaña para escaladores en Chile, una escapada a un refugio en Francia, y la penúltima postal cabañil de este verano. Desconecta y disfruta de tu dosis semanal de El club de la cabaña 🌲🪵✨
Hola, saludos desde lo más profundo del bosque.
Empiezo a notar los efectos de este verano larguísimo y caluroso: encefalograma plano, aplanamiento mental, espesura, tensión por el suelo, cerebro frito, mínimo rendimiento laboral… Estos días me deleito con un scroll lleno de cabañas nevadas y ventanas con lluvia para compensar el terral y las altas temperaturas.
Hace unos días estuve charlado con Mar Manrique y Emilio Domenech en WATIF sobre cómo crear tu propio refugio, sobre desconectar, sobre el silencio y el lujo que a veces es la naturaleza. Podéis leerlo aquí y escucharlo —y verlo—aquí:
En medio de un bosque en Las Trancas, al sur de Chile, se levanta un refugio mínimo con mucho espíritu nórdico. Esta cabaña que se mimetiza con el paisaje fue el encargo de una joven pareja amante de la naturaleza y escaladores, y querían una segunda residencia cerca de sus zonas favoritas donde poder descansar después de su jornada de montaña.
En un claro entre los árboles al pie de la montaña, decidieron construir esta casita apoyada entre las rocas, aprovechando el terreno y respetando al máximo el lugar, sin destruir lo que ya existía y minimizando el impacto sobre la tierra. el volumen se apoya sobre pilares de madera, a metro y medio del suelo, pareciendo flotar entre las piedras. Así, además, se aísla el frío, evitando el contacto con la nieve y ayudando a mantener la temperatura y buen mantenimiento térmico del interior.
La estructura combina la madera y el acero, con una fachada frontal geométrica con un gran ventanal que deja entrar el paisaje. Su forma no es casual: ayuda a escurrir la nieve durante el deshielo y permite ganar altura interior. Dentro, más madera, espacios abiertos y techos altos, creando una armonía cabañil muy evidente. En la planta baja, las zonas comunes. Arriba, un pequeño dormitorio suspendido y con vistas, como una pequeña cueva.
Su diseño está pensado con la misma lógica que la de los escaladores: practicidad, eficiencia, resistencia y, sobre todo, conciencia del entorno.
Puedes leer más aquí.
.Este antiguo horno de pan en la Normandía francesa se ha reconvertido en una cabaña para alquilar, a orillas de un pequeño arroyo. Tiene todo lo que queremos en una escapada: desconexión, paisaje espectacular, chimenea y silencio. Se encuentra en la zona de Saint-Wandrille-Rançon, en un entorno perfecto para hacer una buena ruta histórica en coche.
Puedes reservar aquí.
Muy obsesionada con estas chicas y sus experiencias al aire libre.
Cada semana, una persona escribirá una reflexión muy cabañil desde su rinconcito favorito, dejando que El Club de la cabaña salga al exterior. Hoy, Lakshmi Aguirre, gran amiga y una de las personas que más sabe de gastronomía en este país contando las mejores historias en torno al comer rico.
Querida Eva:
Es agosto de 2017. Mi cuerpo ha perdido gravidez. Todos lo hacen cuando se sumergen en el agua, pero es que el mío son dos, uno dentro del otro. El agua fresca me alivia el calor, la pesadez de las piernas. El que será nuestro primer hijo —ahora no sabemos si es niño o niña, no lo sabremos hasta que nazca— mueve lo que creo que son sus brazos en mi vientre. Nada mientras yo nado en esta piscina rectangular, pequeña, con los bordes ásperos de cal vieja que brilla bajo el sol del mediodía.
Hemos comprado un altavoz portátil para poder poner música en esta casita que hemos alquilado para un par de días bajo el Torcal de Antequera. Suena un disco de Metronomy (The English Riviera, el único que nos acabará gustando). Las notas enmudecen conforme me hundo; vuelven cuando salgo a la superficie del agua, que está quieta.
I call the shots / 'Till you wake up / ….……..… / …………… every clock / It’s getting….……..… / The hours come / The hours go.
Las chicharras cantan, las abejas zumban, las canciones pasan.
D ha debido encender la barbacoa porque huele a carbón. Dejo de flotar y veo que el humo sale perezoso y se enreda entre las buganvillas que rodean la casa. Hemos traído una dorada —hermosa, como diría mi madre—, pimientos y berenjenas que asará directamente sobre las brasas. También cebolletas y calabacines que lanzará al fuego envueltos en papel de aluminio. Yo preparé los aliños y me quemaré las yemas de los dedos al pelarlo todo. Pienso en la relación del fuego y el género masculino, en las manos de las mujeres. En cómo serán las del bebé.
D sumerge los pies. Bebe una cerveza. Me gustaría tomar una. Calmar la sed y el miedo que a veces se concentra entre mis costillas como una piedra negra, como las que forman figuras imposibles en el paisaje lunar que conforma el Torcal. Ser madre me aterroriza y me ilusiona a partes iguales. Escribió Pizarnik: “Una cabaña en el bosque no me salvaría de mí misma”. Una casita en el campo andaluz probablemente tampoco.
Comemos bajo una parra. D podría ser vasco: maneja los puntos del pescado como un parrillero de Getaria. Si tengo que elegir, me quedo con la cabeza. Hurgar con los dedos en la careta, sacar carne de donde parece que no hay. Es el escondite de la grasa, la parte más jugosa. Nos relamemos. Las verduras son golosinas. Echamos la siesta en la única habitación de la casa con las ventanas abiertas. Un aire seco baja de la montaña cargado con polvo y tomillo. Maúlla un gato. Nos desperezamos como probablemente esté haciendo él ahora mismo. Hacemos el amor casi sin darnos cuenta, como se cura una herida.
Cuando oscurece juntamos dos tumbonas y miramos al cielo. Aquí, en plena comarca de Antequera, según baja el sol, bajan las temperaturas en una danza íntima. La montaña, al fondo, parece estar más cerca de lo que está, como si en la noche pudiera descolgarse y tragársenos enteros. El cielo, negro y vasto, comienza a deshacerse en fragmentos de luz. Son las perseidas: uno de los pocos rituales que mantenemos y que nació con mi madre cuando yo era niña del norte. Decimos: “¿Has visto esa?”; decimos: “¡Mierda, esa me la he perdido!”. Nos cae el rocío encima. También las estrellas. Nos quedamos dormidos.
Antes de dejar esta casa-refugio nos haremos una foto con su cámara. David activará el disparador automático y se pondrá detrás de mí. Me abrazará con sus brazos de leñador. Pondrá una mano, mano de hombre diestro, sobre mi vientre, donde un niño —será un niño— nada.
En 2025 volveremos a Villa Torcalillos. No será solo con O, que estará a punto de cumplir 8 años, sino también con J, nuestra segunda hija inesperada. La vida tiene sus propios planes. Nos harán el favor de reservarnos esta misma casita aunque solo tenga capacidad para dos personas. Les hablaremos de la piscina, de la dorada, de la foto en la que D abraza a dos personas en una, como si fuéramos suficiente.
Fui a ver Els Encantats en la sección oficial del Festival de Málaga hace un par de años con gran expectación —se hizo con el premio a mejor guion—, no solo porque admiro el ojo cinematográfico de Elena Trapé y la sigo de cerca (es la hermana de una de mis mejores amigas) sino porque, cuando vi el tráiler, me recorrió una sensación de paz enorme ver aquellos paisajes del norte de Cataluña.
Laia Costa es Irene, una mujer con una hija y recién separada, que se enfrenta por primera vez a la soledad y ausencia de estar con su familia. Por ello, se marcha a la aldea familiar, Vall Fosca, en el Pirineo catalán, tratando de encontrar esa paz y esa calma que parece haber perdido. Es una película en la que no parece pasar nada, en la que el tiempo va muy despacio y no tiene de esas tramas complejas en las que todo el rato necesitas acción; es, simplemente, la historia de una mujer que se tiene que enfrentar a lo abrumadora que es su nueva vida y los miedos que eso produce.
El título hace referencia a la leyenda de la grieta de los encantados (que también aparece en la película), una fábula popular de la zona, y de la que Costa habla así en la película: “La grieta de los encantados cuenta la historia de unos seres que viven dentro y salen de noche. Si te acercas mucho te encantan, te conviertes en uno de ellos y ya no puedes escapar”. Una metáfora sobre la situación emocional de su personaje.
Puedes leer un poco más sobre sus localizaciones aquí y alquilarla en Prime.

























Que preciosos que son los textos de Lakshmi, siempre. Hasta me parece estar ahi, saboreando una tarde de viento, tomillo, y aliños de verano.
Deliciosa escritura siempre la de Lakshmi. Gracias :)